Aquella tarde el beso formaba parte del paisaje de la ruta del colesterol, una ronda en el extrarradio de mi ciudad apodada así por la cantidad de personas que la recorren haciendo footing. Pero ese día bien se hubiera podido denominar la ruta del ósculo, pues cientos de parejas al unísono juntaban sus labios al celebrarse el día mundial del beso.